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domingo, junio 15, 2003
En la esquina
�Entonces all� a las ocho �vale?�

Era un sitio c�ntrico, es verdad, pero la raz�n por la que aquel lugar era el sitio d�nde todo el mundo quedaba para encontrarse puede que hubiese que buscarla en las costumbres de la gente. Era, por as� decirlo, el sitio �tradicional� para quedar.
Por eso era el sitio favorito de �ngel. Le encantaba sentarse a mirar a la gente, verlos comportarse, hablar, sonre�r. Algunas personas lo llamar�an voyeur pero �l no se definir�a as�. Le encantaba mirar a las personas, por pura curiosidad, porque quer�a entender como pensaban, como reaccionaban, como eran. Pero la raz�n por la que de verdad le encantaba aquel lugar en particular era por el hecho de que tantas personas se citaran justo all�.

Con el tiempo hab�a llegado a darse cuenta por los gestos de cada individuo de a qui�n hab�an dejado plantado en ese momento. Lo que �ngel hac�a era acercarse a aquel que parec�a estar irremediablemente s�lo e invitarle a un caf�. No hay ni que decir que por supuesto, la gente reaccionaba de muchas formas distintas a esto. La mayor�a rechazaba cort�smente la invitaci�n alegando tener prisa, o lo trataban como si estuviese loco, pero hab�a una minor�a...



Luc�a mir� el reloj por tercera vez, pasaban ya diez minutos, le hab�a dicho a las ocho. Odiaba tener que esperar, le daba much�sima rabia porque no sab�a que hacer, se sent�a muy inc�moda. Fijarse en algo durante un rato, llevar la vista al reloj peri�dicamente, confundirse de persona al ver un perfil conocido en la distancia. Empezaba a cansarse.

En ese momento not� que un hombre se par� a su lado. Como todos los que llegaban all� mir� el reloj y despu�s busc� con la mirada a alguien que, evidentemente, a�n no estaba all�. Por el reflejo de un escaparate, Luc�a se fij� en su aspecto. No era nada fuera de lo normal, le calcul� unos veintipico a�os, no especialmente atractivo, pero con una expresi�n curiosa en su cara. En estos pensamientos se mov�a la mente de Luc�a cuando escuch� una voz a su espalda. Creo que nos han dejado plantados a los dos. Era �l.

Luc�a se gir�, intentando no parecer demasiado sorprendida aunque lo estuviese. Puso una sonrisa de compromiso porque no sab�a lo que decir, tampoco sab�a adonde quer�a llegar aquel hombre. Vio su gesto de simpat�a. Pasaron unos instantes antes de que el silencio se rompiese de nuevo. Pues yo ya no tengo nada que hacer, �te apetece un caf�? Luc�a lo mir�. Esta vez si que no pudo disimular su sorpresa. Sin embargo, hab�a algo en la cara del hombre, o en su mirada, que le hizo aceptar. A fin de cuentas tampoco ten�a nada mejor que hacer�